Ahora bien, cabe preguntarse: dado que el tesoro no ha hecho más que crear las condiciones para una aceleración aún mayor de la tasa de inflación, ¿Cómo es posible que la inflación mensual de febrero prácticamente duplicara el registro de octubre? Es decir, haciendo a un lado consideraciones respecto de la estacionalidad que pueda presentar, la tasa de inflación debería haberse acelerado considerablemente en ese período, contrariamente con lo que indican las mediciones privadas.
En primer lugar, debe diferenciarse la inflación de lo que es un aumento del nivel de precios que ocurre una sola vez. Para que un incremento de los precios sea considerado inflación, debe ocurrir de forma sostenida, y no transitoria. En efecto, la mayor "inflación" registrada durante el mes de febrero se corresponde con la devaluación de fines de enero y su efecto sobre el precio de los bienes transables que integran la canasta del consumidor medio relevada por las consultoras privadas. Teniendo esto en cuenta, dado que luego de la devaluación el tipo de cambio nominal permaneció virtualmente estancado, los precios de los bienes transables volvieron a encontrarse anclados a ese nuevo valor nominal fijado en $/US$ 8,01. En este caso, tenemos un perfecto ejemplo de lo que constituye un incremento de una vez del nivel de precios, que no debe ser considerado inflación por ser de caracter transitorio. Si el Banco Central hubiera optado por una tasa de devaluación constante a lo largo del tiempo, entonces el impacto sobre el nivel de precios debería ser considerado inflacionario.
Dado que tras la devaluación el precio oficial de la moneda extranjera se mantuvo prácticamente estable, en especial en la segunda mitad de este año, se podría aventurar que los precios de los bienes transables (aquellos para los cuales el tipo de cambio oficial y no el libre es el precio del dólar relevante) se mantuvieron estables en la segunda mitad del año. Si este fuera el caso, entonces el impacto del precio de esos bienes sobre el índice general en la segunda parte del año hubiera sido nulo. Es decir, asumiendo que el efecto de la devaluación llevada a cabo durante la primera mitad del año ya ha sido absorbido íntegramente por el nivel general de precios (el salto del nivel de precios fue alcanzado en su totalidad), entonces la inflación observada durante la segunda mitad del año podría ser considerada como la verdadera tasa de inflación de la economía Argentina.
Teniendo esto en consideración, y tomando como inflación mensual la media de este segundo semestre, podemos estimar la verdadera tasa de inflación, es decir, aquella que elimina los efectos de la devaluación. A partir de dicho cáclulo, se puede observar que la tasa de inflación verdadera alcanzaría un valor de 34,8% anual en diciembre del año próximo. De hecho, si el Banco Central lograra sostener el tipo de cambio oficial en su nivel actual hasta diciembre del año próximo (cosa que dudo fuertemente que sea posible) y no se generaran movimientos bruscos sobre la demanda de dinero, entonces la variación anual del IPC-Congreso debería converger a la tasa de inflación sin devaluación hacia fines del año próximo.
